La manera de recogerse el pelo. Generación Bloguer

La Primera Generación de Poetas a caballo entre los medios impresos en papel y las herramientas digitales de Internet

Sirenas, un relato de Begoña Paz

Posted by generacionbloguer el Sábado, Octubre 25th, 2008

— ¿Hola? –Nadie le devolvió el saludo. Intentando ignorar el hedor se apresuró por el pasillo hasta su cuarto, sujetando con las dos manos el cargamento de dvds que escondía bajo el jersey. Una vez dentro dejó la carga encima de la cama, le pasó el pestillo a la puerta y se sentó frente a la pantalla del ordenador, dejándose hipnotizar por la retahíla interminable de cambiantes porcentajes en el programa de descargas.

Todo había comenzado en Pensamiento y Creación, el día que escuchó a la sirena que se sentaba delante hablar de un disco que él mismo había bajado de internet días atrás. Antes de pensarlo siquiera estaba tocándole la piel pecosa y suave del hombro, ofreciéndose a pasarle una copia del disco, él lo tenía, sí, y no le importaría copiárselo.

Cuando al día siguiente le entregó a la sirena el cd, la morena de larguísimas piernas que se sentaba a su lado apoyó una palma en su pecho y le preguntó al oído por una película de la que nunca había oído hablar. El mechón oscuro que rozaba su mejilla olía tan bien, a rocas a olas a algas, que sin saber cómo se oyó responder que la tenía, claro que la tenía, y por supuesto no sería molestia ninguna para él copiarle la película en cuestión, ni siquiera hacía falta que comprase un cedé, sólo le pedía un poco de paciencia, a saber donde había metido la película, tenía tantas.
Pronto se corrió la voz por toda la facultad. Al gordo de tercero no le importaba copiarte lo que quisieras. En un par de semanas tenía una corte de sirenas pedigüeñas haciéndole la corte, algunas hermosas y distantes, otras cariñosas y próximas, más todas con el mismo objetivo: pedir. Apenas hacía otra cosa en clase que pasar a limpio la pequeña montaña de papelitos con las peticiones más diversas que se le iban amontonando en una esquina del pupitre.
Sacó la lista del bolsillo. Cada vez le pedían cosas más extrañas, era increíble la perversidad que se escondía tras los rostros inocentes de las sirenas. Comprobó el estado de las descargas aún pendientes, añadió nuevas peticiones a la cola de bajada. Luego abrió el programa de grabación, calculando mentalmente los dvds que necesitaría para todos los encargos que tenía sin entregar. Tendría que bastar con los que había traído, decidió, echando una mirada a su alrededor. Poco le quedaba por vender, hacía tiempo que su madre se había negado a darle más dinero para libros y cuadernos que nunca llegaban a casa. El mp4 y la Play fueron lo primero en desaparecer. Hans, un tiburón pequeño y rubio que estudiaba en su mismo curso, se lo compraba todo por cuatro perras. La sonrisa de Hans se afilaba al mismo ritmo que crecía la montaña de peticiones sobre su pupitre.
Se tumbó en la cama, tenía ocho minutos de descanso antes de tener que introducir un nuevo dvd. Cerró los ojos. Amaba a las sirenas, sus manos risueñas, sus cabellos dulces que olía hambriento mientras ellas murmuraban en sus oídos quiero, quiero, quiero. Haría cualquier cosa por ellas. Cualquier cosa. Una vez se quedó en casa, consumido por la fiebre, y pocas horas después tenía tres hermosas sirenas en su cuarto. Habían venido a por su botín y, lejos de compadecerse de él, lo animaron cordialmente a olvidar sus padecimientos y sentarse frente al ordenador para hacerles sus copias. Nada como la actividad, dijeron, para sentirse mejor. Y él se levantó e hizo todo lo que le pidieron las sirenas, mientras ellas reían a su alrededor, acariciando su frente sudorosa al tiempo que pronunciaban las palabras mágicas, quiero, quiero, quiero. Cómo le gustaría a él poder decir lo mismo en el oído de una sirena.

Sintió la punzada del hambre perforándole el estomago. Tiró con una mano de la cintura del pantalón. Le quedaba flojo. Llevaba un par de días sin tomar más alimento que las bolsas de patatas fritas que cogía en la máquina de la facultad. No podía gastar más, necesitaba todo el dinero que pudiese reunir para comprar más discos. Se mordió el labio. En la cocina había tanta comida. Recorrió con la mente todos los estantes, el interior del frigorífico, el pequeño escondite de golosinas bajo el fregadero. Claro que no se atrevería. El silencio que había invadido ese extremo de la casa le horrorizaba. La vieja orca nunca había permanecido callada tanto tiempo. Hablaba tanto, gritaba tanto. Cuando le sorprendió intentando sacar de casa el reproductor de dvd, él quiso hacerle entender cuanto necesitaba a las sirenas, pero ella, incapaz de escucharle, le llamó inútil, imbécil, débil. Débil. Qué equivocada estaba. Él no era débil, no, era sólo que las amaba, las amaba tanto, y cuando ella cerró la puerta de la casa y le quitó las llaves de la mano, gritando que iba a terminar con toda esa locura, él no pudo hacer otra cosa que arrojarle el dvd a la cabeza, para que se callase. Y ahora la vieja orca esperaba allí, en la cocina, a que el hambre le obligase a enfrentar su furia pestilente. Ella le había pedido, le había exigido tantas cosas. Lástima que lo hiciese sin el dulce perfume de las sirenas, sin sus palabras como olas que viniesen a romper una y otra vez en su orilla.

Traducción de la autora del original en gallego, SEREAS, accésit en el certamen de relato curto del C. Galego de Barakaldo.


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