La manera de recogerse el pelo. Generación Bloguer

La Primera Generación de Poetas a caballo entre los medios impresos en papel y las herramientas digitales de Internet

RODRIGO DE ULLOA, 3, de Isabel Bono

Posted by generacionbloguer el Miércoles, Octubre 8th, 2008

Desde el primer momento no supiste qué decir, nunca quisiste decir nada, sólo mirar, mirar por todas las rendijas, hurgar con la uña cada desconchón de la pared, asomarte a la ventana y tocar las cuatro baldosas de barro cuando las calentaba el sol, agarrarte a la baranda de madera gastada, pasar la mano a contrapelo como si fuese el lomo de un gato, para notar el pinchazo de una astilla, sacarte la astilla con un alfiler, notar por la noche, bajo las mantas, la inflamación del dedo, el calor del dedo, el latir del dedo.

Ventana que asomaba a una calle sin coches con ecos de niños jugando a gritar porque sí, y al otro lado de la calle un jardín abandonado, un terreno baldío donde crecen gatos y basura, un muro encalado sobre encalado, un muro de parches, cementerio para pilas gastadas y muebles que estorban, un jardín salvaje ahogando la basura, una palmera gigante como una oca de dos metros. Sólo una puerta verde me separaba del sueño.

Escalera abajo un portal que olía a orines de gato y a perfume de mujer soltera de setenta años, a maquillaje de mujer que nunca ha tenido novio, una mujer, doña Anita, que se maquillaba cada noche antes de irse a dormir por si la muerte venía a buscarla, decía, doña Anita, la loca del barrio dando cobijo a todos los gatos de la ciudad en el portal de mi casa, doña Anita la de los gatos, decían, como si hubiese otra. Olor intenso y gritos ahogados para celebrar que volvía del colegio, besos que retumbaban en el portal, y después el lavarme la cara y las manos con agua caliente por si me había contagiado con sus pulgas su perfume o sus gritos, doña Anita con los ojos azules ribeteados de azul, y el eco de sus gritos subiendo conmigo la escalera hasta que cerraba la puerta.

Mirar y esperar, sólo eso, mirar el portal desde arriba, tocar la barandilla de hierro con los labios para notar mejor el frío, chupar la barandilla allí donde la pintura se había descascarillado, mirar y esperar, tocar y esperar, en los escalones blancos, el olor de la lejía bajo mis muslos, esperando.

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